Por Agustín Ochoa Ortega. El Teatro Municipal Roma de Avellaneda fue una vez más el escenario de una noche memorable, donde la aclamada actriz Leticia Brédice conmovió profundamente al público con su magistral interpretación en "Milagros". Este unipersonal, una obra que se adentra en las profundidades de la intimidad, la autocrítica y las cicatrices de la violencia, se erige como una poderosa exposición emocional y performática que no deja a nadie indiferente.
Al finalizar la función, visiblemente emocionada, Brédice compartió momentos con los espectadores, quienes la esperaban ansiosos para saludarla y fotografiarse. En diálogo con A SUBIRSE A LAS TABLAS, la actriz reflexionó sobre la singular experiencia que genera la obra: "la gente se queda tan movilizada después de ver la obra que es muy distinto a lo que a ella le sucede arriba del escenario". Esta dicotomía entre la percepción del artista y la resonancia en el público es un testimonio de la profundidad de "Milagros". Brédice, con la humildad que la caracteriza, añadió: "Y después la devolución de la gente es siempre tanto más amable de lo que el actor, por lo menos en mi caso, me pongo de cómo tengo que estar, ¿no? Uy, no, faltó esto, faltó esto. Y la verdad es que lo que recibe el público es una emoción".
Bajo la dirección de Cristian Morales y con un texto coescrito por ambos, "Milagros" nos sumerge en la historia de una mujer que, cansada de una vida marcada por la invisibilidad, decide tomar las riendas de su destino al apropiarse de un espacio cultural. Este acto de rebeldía se convierte en el catalizador para transformar su experiencia personal en una denuncia pública. En escena, Brédice encarna con intensidad una discusión interna feroz, donde el peso del pasado es innegable, pero ya no tiene el poder de definir su presente.
La actriz describe la obra como el relato de una mujer sola, con intentos de suicidio, pero que a la vez "todo el tiempo dice cosas". Brédice ilustró cómo la improvisación enriquece la obra, mencionando ejemplos que surgieron durante la función en Avellaneda: "En este caso, a mí me lo fueron diciendo, que me pareció gracioso cruzar el Pueyrredón y decir cosas como el olor del riachuelo, nada, cosas que causan gracia, que son parte de lo que es el alma de ella, que después termina redimiéndose y hablando un poquito de lo que siente en el teatro, que es un espacio totalmente inédito en su vida". Estas pinceladas de espontaneidad aportan autenticidad y cercanía al personaje.
"Milagros" se desmarca del teatro tradicional, según subraya Brédice, por su audaz propuesta performática y la fusión entre relato, acción y denuncia. La obra trasciende la estructura clásica para transformarse en una experiencia inmersiva, donde la palabra, el cuerpo y el espacio escénico se convierten en herramientas de exposición y catarsis. La actriz profundiza en su proceso actoral, describiendo cómo transita ese pasaje de la asfixia privada a la visceral necesidad de hacer justicia pública: "Con naturalidad y tratando todo el tiempo de pensar que lo que estoy haciendo es visceral".
Finalmente, Leticia Brédice compartió la particularidad de ser dirigida en vivo durante la función: "el desafío es el juego, que a veces, como vamos cambiando de teatros, por ahí está ubicado mi compañero más atrás. Es parte también de la parte que nosotros elegimos que sea dramática, que sea una mujer muy prepotente, que tenga un director en escena con ella y que un poquito no le haga caso. Y terminé quebrada, sin poder ser dirigida emocionalmente por nadie". Esta interacción en tiempo real añade una capa de complejidad y dinamismo a la ya intensa propuesta, consolidando a "Milagros" como una obra que desafía las convenciones y profundiza en las fibras más sensibles del ser humano.
Leticia Brédice, una vez más, demuestra su inigualable talento y compromiso artístico, entregando al público una obra que no solo entretiene, sino que invita a la reflexión, al diálogo y, en última instancia, a la sanación. "Milagros" es un testimonio conmovedor de la fortaleza del espíritu humano y de la capacidad del arte para transformar el dolor en una poderosa expresión de vida.

