Por Agustín Ochoa Ortega. Corría el año 1982 cuando el maestro Raúl Soldi materializó un sueño y fundó, con visión y anhelo, la Fundación Santa Ana de Glew. Concebido como un auténtico refugio para las artes, el espacio nació con un doble propósito: atesorar y exhibir una valiosa colección de sesenta obras del célebre pintor, y dar cobijo al talento en una íntima sala teatral con capacidad para 250 almas. Hoy, a cuarenta y dos años de aquella apertura fundacional, el legado de Soldi sigue latiendo en sus pasillos, transitados a diario por nuevas generaciones de artistas y apasionados alumnos de las artes escénicas.
Y esa llama creativa, fiel a su historia, se niega a apagarse. Este sábado 13 de junio, a las 20:30, el telón se descorrerá una vez más y las luces del proscenio volverán a encenderse para engalanar la sala. En esta ocasión, las tablas recibirán a dos figuras indiscutidas de la escena nacional: los consagrados Rodolfo Ranni y Luisa Albinoni, quienes protagonizarán la exitosa pieza escénica "Negociemos: una historia de amor", prometiendo una velada donde el oficio y la emoción serán los verdaderos protagonistas.
En un diálogo íntimo y exclusivo con el blog de noticias sobre el espectáculo "A Subirse a las Tablas", la aclamada actriz Luisa Albinoni desnudó sus emociones ante este inminente regreso a la Fundación, a una década exacta de haber pisado ese mismo escenario con la elogiada pieza "Mujeres de cenizas". "Nos estamos preparando con muchísima expectativa para este sábado. Es un verdadero honor poder habitar este espacio y dejarnos envolver por las maravillas que nos legó Soldi", confesó la actriz, visiblemente conmovida por la mística del lugar.
En perfecta sintonía escénica, el inmenso Rodolfo Ranni no ocultó su entusiasmo por acercar esta historia al público local. "Nuestra mayor satisfacción es llevarle el teatro a la gente, ahí, a la vuelta de su casa", subrayó. Con la sabiduría de quien conoce el oficio desde sus entrañas, el actor reflexionó sobre la inquebrantable función social del arte: "Hay gente que tal vez nunca ha salido de su pueblo, ni mucho menos ha tenido la oportunidad de ver una obra. La premisa nuestra es clara: si no hay un teatro formal, armamos la función en la canchita del barrio. El teatro siempre tiene que llegar".
El aura del célebre artista plástico no pasó inadvertida para Ranni, quien valoró el inmenso privilegio de actuar custodiado por los lienzos originales del maestro. "Sentimos un orgullo profundo de trabajar en esta sala impregnada por el espíritu de Soldi. Tuve el enorme placer de conocerlo en el Instituto Di Tella, al igual que a su hija", rememoró. Lejos de encasillarlo únicamente en la pintura, Ranni describió a Soldi con una mirada teatral, definiéndolo como un "gran escenógrafo" de la cultura argentina: "Aún guardo en mi retina la imagen de Soldi, con sus clásicos anteojos y esa cara espléndida, irradiando la luminosidad inconfundible que solo tienen los grandes artistas".
El arte de amar a destiempo: "Negociemos" y la magia del reencuentro teatral
En "Negociemos: una historia de amor", la comedia que reúne en escena a los magistrales Rodolfo Ranni y Luisa Albinoni, un simple banco de plaza muta para convertirse en el epicentro de una colisión cósmica. De un lado del proscenio asoma Amalia (Albinoni), un torbellino de vitalidad que se aferra a la literatura de autoayuda y a los mantras de meditación; del otro gravita Miguel (Ranni), un hombre que pasea a su perro arrastrando, a la par, sus achaques y una timidez crónica.
Para que la comedia florezca en ese abismo que separa las mañas y la soledad de Miguel del ímpetu luminoso de Amalia, Albinoni desentraña la alquimia de la obra: "Es una construcción mutua con el querido 'Tano' Ranni; la verdad es que resulta un placer absoluto compartir las tablas con él", confesó la actriz. La dramaturgia, según su visión, propone una profunda reflexión sobre las oportunidades perdidas y los tiempos del corazón. "La obra narra cómo, a veces, dejamos pasar el amor sin verlo durante años. Son dos universos diametralmente opuestos que colisionan en esta plaza: una pareja que se reencuentra después de décadas, donde él lleva toda la vida perdidamente enamorada y ella jamás lo sospechó", reflexionó Albinoni.
En perfecta sintonía con su compañera de elenco, Rodolfo Ranni subrayó el corazón dramático del texto: "Es, en su esencia, la historia de dos personas donde el amor fue un monólogo secreto durante casi cincuenta años", manifiesta. Con su característica franqueza, el actor develó el leitmotiv de la puesta: "Lo que la obra cuenta, fundamentalmente, es que para el amor no existe fecha de caducidad".
Ambos intérpretes coinciden en que la pieza es un manifiesto a favor del encuentro humano en tiempos de hiperconexión digital. A la hora de "negociar" en el amor, los actores sostienen que la obra reivindica el contacto analógico: "Es volver a poner de manifiesto el famoso 'cara a cara', esa necesidad de mirarse a los ojos para poder construir un vínculo a futuro". Este enfoque transforma la historia en un mensaje profundamente esperanzador, un "canto a la vida" que nos recuerda que siempre hay tiempo para recuperar aquellos momentos luminosos que dejamos escapar.
Ranni profundizó en la dinámica de estos dos seres, ambos curtidos por fracasos matrimoniales previos. El actor describió a su personaje como un hombre de carácter gruñón que, movido por un amor silenciado, orbita torpemente alrededor del banco de Amalia. "Al principio le hincha un poco las pelotas a esta mujer, hasta que finalmente se arma de valor para confesarle quién es y por qué está ahí. Ese es el momento fundamental, el instante en que ella no da crédito a lo que escucha", relató el actor.
El impacto de esta historia no se detiene en el borde del escenario, sino que cala honda en las fibras íntimas de los espectadores. Luisa Albinoni describió con emoción la respuesta de la platea: "La gente transita de la risa al llanto casi en simultáneo; el resultado es maravilloso porque el público se ve reflejado en las situaciones de esta hermosa comedia". Esa comunión teatral culmina en un ritual entrañable tras la caída del telón. "Nos ha pasado de encontrarnos con gente que nos espera a la salida. Los saludamos con todo el amor del mundo, los abrazamos y nos damos besos. Es, por lejos, el momento más lindo de todos", sostuvo la actriz, demostrando que la verdadera magia del teatro reside en ese abrazo compartido entre el escenario y la vida misma.
La magia de la representación escénica alcanza su clímax cuando el límite entre la ficción y la realidad se desdibuja. Visiblemente conmovido, Rodolfo Ranni compartió una anécdota íntima que ilustra a la perfección la profunda huella que la obra deja en sus espectadores: "Una señora me esperó a la salida con los ojos empañados en lágrimas. Me abrazó y me dijo: 'Gracias, porque acaban de contar mi propia historia'. Intrigado, le pregunté el motivo, y su respuesta me desarmó: 'Porque hoy, después de sesenta años, estoy conviviendo con mi amor de los catorce'".
Para el experimentado actor, este es el verdadero triunfo del hecho teatral. Lejos de ser un mero pasatiempo efímero, la pieza se transforma en un viaje introspectivo. "Eso es precisamente lo que la obra provoca en el público: algunos se divierten, otros se quiebran de emoción, pero la inmensa mayoría logra identificarse profundamente", reflexionó Ranni. El impacto de esta historia de reencuentros aseguró, trasciende las puertas del teatro: "El espectador se lleva la obra consigo. Realizan su propio análisis durante el trayecto hasta la puerta de su casa, y aunque allí retomen su vida cotidiana, en su interior ya han sucedido cosas fundamentales". Esa alquimia secreta se confirma cada noche desde el escenario, cuando los actores logran vislumbrar en la penumbra los rostros plenos de satisfacción y las sonrisas genuinas de su audiencia.
Luisa Albinoni, atenta a este fenómeno de empatía colectiva, profundizó en los mecanismos que logran esta conexión intergeneracional. Para la actriz, el secreto de la obra reside en la universalidad de los afectos. "Es maravilloso notar cómo la gente halla puntos de contacto; disfrutan, se emocionan y, de pronto, la historia les evoca recuerdos de su propia niñez, o relatos de sus padres y abuelos. Lo que llevamos a escena son situaciones sumamente cotidianas, graciosas, pero con una carga sentimental innegable", detalló.
Al desentrañar la técnica actoral y narrativa que permite ese vértigo emocional —llevando al espectador de la lágrima a la carcajada casi sin escalas—, Albinoni destacó la madurez de la interpretación. "Es una construcción constante, forjada en el diálogo del día a día. A veces, las situaciones de la vida son tan dramáticas que, observadas a través del prisma del tiempo y la distancia, terminan causando gracia". La actriz concluyó su análisis con una hermosa definición sobre la tragicomedia de la vida misma: "Existe un umbral muy sutil, un tris, donde el drama cruza hacia la comedia, permitiéndonos recordar nuestras propias heridas con una sonrisa".
Rodolfo Ranni: El legado vivo de un actor forjado entre gigantes

