Por Agustín Ochoa Ortega. La figura de Enrique Santos Discépolo, el inigualable "Discepolín", trasciende el tiempo y las generaciones para seguir siendo un faro que ilumina la complejidad del alma argentina. A través de la poignante lírica de sus tangos, la agudeza de sus poesías y la profundidad de sus obras teatrales, Discépolo logró retratar con maestría la realidad social de su época, el convulso siglo XX, y capturar la esencia inmutable del porteño, el espíritu popular que late en el corazón de nuestra nación. Sus creaciones no son meras piezas artísticas; son testimonios vivos de una era rica en expresión cultural, documentos imperecederos que nos permiten comprender de dónde venimos y quiénes somos.
La celebración discepoliana, como bien lo describió Kischner, fue un crisol de emociones. "Y como en toda fiesta que se precie de discepoliana, si bien nos reímos un poco, también transitamos momentos de perplejidad y desazón, que es algo propio del pulso grotesco que atraviesa la obra de Enrique, en donde lo cómico y lo trágico se mezclan y se confunden." Esta dualidad, tan característica del genio de Discépolo, fue magistralmente complementada por la intervención de Lula Vázquez, quien recitó unas reescrituras de Enrique profundamente conmovedoras, y la interpretación de dos tangos por Julia Verdi. La jornada fue, en palabras de Kischner, un "cartón lleno", tal como lo sintetizó Pablo José Hernández, su predecesor en el ciclo "Las voces de la nación".
El valor de este proyecto radica en su audacia y pertinencia. Numerosas producciones de Discepolín permanecían, hasta ahora, inéditas o dispersas, de difícil acceso para el público general. Esta colección, como bien lo expresan sus compiladores, "aspira a presentar la totalidad de las creaciones elaboradas por Discepolín en treinta y tres años de trayectoria (1918-1951)". Es un esfuerzo titánico por reunir un corpus que, sin duda, enriquecerá la comprensión de su genio multifacético. "Para Enrique Santos Discépolo (ESD) el teatro fue el primero y el más perdurable de sus amores", señalan Kischner y Conde, un detalle que explica el criterio cronológico de iniciar la colección de su Obra Completa con un primer volumen dedicado a su ineludible faceta de dramaturgo.
¿Qué fue lo que te motivó, en primer lugar, a investigar sobre la vida de Enrique Santo Discépolo, para luego plasmarlo en un libro?
A.K: El proyecto de compilación de su Obra completa surgió hace alrededor de unos dieciséis años, impulsado por una profunda fascinación hacia la figura de Enrique Santos Discépolo, un autor multifacético y cautivante que dejó su huella en el tango, en el teatro, en la radio y en el cine, forjando un corpus singularísimo que fue consolidándose, por lo demás, desde los albores de la industria cultural argentina, como el resultado de un esquema misceláneo de producción. Después de leer algunas biografías sobre Enrique (entre ellas, la de Norberto Galasso), me encontré buscando cuanta pista o indicio hubiera sobre las obras que aparecían en ellas mencionadas. Este proyecto es hijo del camino… No es que un día me dije “hay que compilar la obra de Enrique Santos Discépolo”. No, fue todavía mejor: me encontré haciéndolo… y cuando me di cuenta de que los materiales que fui reuniendo (en principio, con el solo afán de leerlos) en su gran mayoría no estaban publicados, comprendí que había una deuda de la cultura nacional que debía ser saldada. Una deuda que luego con Oscar Conde asumimos como propia.
En este primer volumen ustedes abordan la producción teatral de Enrique Santos Discépolo.
A.K: En efecto, este primer tomo publicado hace apenas unos meses por Eduvim (la editorial de la Universidad Nacional de Villa María, Córdoba) compila sus obras teatrales. De las nueve piezas que presentamos, cinco permanecían inéditas (El señor cura, El hombre solo, Mascaritas, Caramelos surtidos y Wunder Bar) y de las otras cuatro (Día feriado, ¡Páselo, cabo!, El organito y Blum), las dos primeras solo habían sido publicadas en revistas teatrales de comienzos de los años veinte. El segundo tomo (en el que trabajó con nosotros la escritora María Belén Aguirre) reunirá sus guiones cinematográficos y el tercero su cancionística completa, los libretos radiales, su palabra en más de sesenta entrevistas (de medios nacionales e internacionales) y otros textos inéditos y desconocidos de Discepolín. Comenzamos por el teatro siguiendo un criterio cronológico, porque fue el primer arte que Enrique cultivó de un modo integral (primero como actor, después como dramaturgo y luego como director), pero también en vistas al particular modo en que forjó sus distintas creaciones (teatrales, poéticas, musicales, radiales y cinematográficas). A saber, animando a sus criaturas desde la dramaturgia de una composición actoral.
¿Cómo definirías el grotesco criollo de Enrique junto a su hermano Armando?
A.K: La inclusión como Epílogo del libro de un ensayo de Norberto Galasso pretende abordar justamente una cuestión que en el Estudio preliminar también afrontamos: el asunto de la paternidad del grotesco criollo. En el libro publicamos Mascaritas (una pieza de 1924 que hasta el momento no ha sido estrenada) y El organito (un grotesco de 1925 firmado por los hermanos Discépolo). Pero existen también otras obras trascendentes del género firmadas solo por Armando, como Mateo (de 1923, la primera obra autodenominada “grotesco”) o Stefano (de 1928), sobre las que Enrique declaró en distintas oportunidades haber participado en su elaboración (por ejemplo, en una entrevista que encontramos de 1931 en Mundo Argentino, Enrique se asume incluso como coautor de Mateo). A partir de la hipótesis de una escritura en colaboración nos interesa propiciar una justa valoración de los aportes de Enrique Santos Discépolo en la gestación y desarrollo de uno de los géneros probablemente más distintivos del teatro nacional. Por otra parte, se podría afirmar también que el grotesco excede en la obra de Enrique el drama del inmigrante frente a una realidad hostil a sus ilusiones, que sería el tema principal del grotesco criollo de los años veinte (y que en la actualidad nos invita a reflexionar sobre los efectos culturales propiciados por los nuevos movimientos migratorios). Lo grotesco, definido en una oportunidad por Discepolín como el latido que recorre aquellas “obras de forma cómica, pero de fondo serio”, se despliega como una experiencia estética (y ética) sostenida a lo largo del tiempo en diferentes formatos y disciplinas artísticas. Se lo reconoce como una singular marca de estilo que rubrica decisivamente el sello de lo discepoliano, imprimiéndose ya sea en el contenido, en su génesis o en la situación enunciativa de distintas obras.
¿Cuál es el mayor legado que han dejado Norberto Galasso y Enrique Santos Discépolo?
A.K: Es importante señalar que yo no vengo del campo de la historia, sino de la filosofía. En este aspecto, hay muchas otras personas que podrían hablar con mayor precisión sobre los enormes aportes de Norberto a la historiografía revisionista, nacional y popular en Argentina. Por ejemplo, Mara Espasande, una de sus más notables discípulas, en un artículo de homenaje publicado por la Revista Bordes de la Universidad Nacional de José C. Paz, recientemente lo recordó como “el custodio del pensamiento nacional”. Recomiendo mucho la lectura del artículo y asimismo el documental Galasso. Pensar en nacional de Federico Sosa (disponible en la plataforma Cine.ar). Ahora bien, para mí, como para muchos, Norberto fue siempre un faro, una brújula para entender el presente y para pensar la historia nacional y su relación con la historia latinoamericana (porque él interpretaba la historia del país bajo el marco conceptual de la Patria Grande). Cada vez que yo me encontraba perdido, acudía a él (o a sus libros o a sus artículos) como una guía para saber a dónde había que pararse. Por otra parte, a propósito de mi historia con Galasso, puedo decir que este libro que presentamos y los otros dos que siguen son la progenie de los trabajos sobre Discépolo que Norberto inició en la década del sesenta. Y en este sentido, puedo hablar también de su infinita generosidad (generosidad que él prefirió llamar “militancia cultural”), no solo por acompañarnos con el Epílogo de este primer libro, sino porque una parte importantísima del material que vamos a publicar en el tercer volumen (libretos originales de radio, manuscritos y otros textos inéditos de Enrique) llegó directamente de sus manos. Hace ya unos años, un día me llamó por teléfono y me pidió que fuera hasta su casa de Parque Chacabuco. Y antes de cortar me dijo: “Andrés, cuando vengas, creo que te vas a tener que volver en taxi, ¿sabés?”. Y así fue… esa tarde volví a mi casa con una caja enorme que contenía todo el material de sus investigaciones sobre Discépolo. Fue un Maestro con mayúsculas. Un ser humano excepcional, entrañable y de una bonhomía pocas veces vista, cuya amistad ha sido uno de los mayores premios que me regaló la vida.
Y naturalmente mucho de esto que dije sobre Galasso bien podría extenderse hacia Discépolo. En su condición de artista integral, pienso que Discépolo fue uno de los más lúcidos exégetas del siglo XX, un testigo clave de la Década Infame y de la primera mitad de un siglo en el que se sembraron mucho de los males que todavía hoy acechan al mundo. Aunque exploró distintos géneros musicales, es reconocido fundamentalmente por el destacado lugar que ocupa dentro de la historia del tango, cuya poética refundó, a la manera de un contracanon, introduciendo motivos y tonalidades hasta entonces inexploradas y por medio de innovadores procedimientos como la construcción en sus canciones de pequeñas piezas teatrales (razón por la cual el poeta Carlos de la Púa supo caracterizarlo como “el gran dramaturgo del tango”). A ello deben sumárseles nueve guiones cinematográficos (algunos de los cuales dirigió), los ciclos radiales, su trabajo actoral y dramatúrgico, su incursión en el teatro musical, su actividad gremial en SADAIC, su desempeño como director artístico del Teatro Nacional Cervantes y su palabra en las entrevistas (en las que es posible adentrarse en reflexiones sobre sus obras y los procesos creativos y hasta vislumbrar el esbozo de una original filosofía de vida en la que subyace ese espíritu agudo característico de muchas de sus producciones). Asimismo, no podemos olvidar la sensibilidad conceptual con la que Enrique acompañó al peronismo, lo que le valió, como se sabe, encarnizadas manifestaciones en su contra, productos de la incomprensión y del odio que precipitaron la tristeza que finalmente terminó con su vida. Los audios a Mordisquito siguen interpelando a un país que no siempre está dispuesto a escuchar, pero están ahí… es decir, aquí, para quienes quieran oír. Y aun así siento que desde el aspecto cualitativo su legado es inconmensurable. Quizás por ello Luis Longhi lo definió con una acertada ocurrencia como “el máximo superhéroe de la cultura nacional y popular”.
¿Por qué es fundamental mantener vivo el legado de Enrique Santos Discépolo?
A.K: Creo que su obra nos invita a pensar vínculos humanos en una época donde lo humano, quizás más que nunca, ha sido puesto en crisis. Discépolo, como Pier Paolo Pasolini en Italia, fueron dos agudísimos observadores que vislumbraron antes que nadie la ferocidad de un mundo que hoy ya casi sin disfraz sonríe con cínica impunidad. No casualmente el poeta Dante A. Linyera (Francisco Bautista Rímoli) lo bautizó en 1929 como “el filósofo del tango”, cuando incluso aún no había escrito ni “Yira… yira…” ni “Cambalache” ni tantos otros tangos que signaron la Década Infame. Su obra anticipa un diagnóstico. Pero también siembra un horizonte terapéutico que llega hasta nosotros para ayudarnos a reflexionar y a comprender cómo sostenernos mutuamente de pie en tiempos tan crueles y despiadados.
La obra completa de Enrique Santos Discépolo no es solo una colección de textos; es un faro que ilumina la historia, la sensibilidad y el alma de un pueblo, demostrando que, a través del arte, las voces del pasado pueden seguir hablándonos con la misma fuerza y pertinencia en el presente. La labor de Andrés Kischner y Óscar Conde es, en este sentido, un regalo invaluable para las generaciones actuales y futuras, un recordatorio de que la vigencia de Discépolo es, y seguirá siendo, más que nunca, una constante en el firmamento cultural argentino.
