En una profesión volcada a la mirada externa, el periodista suele habitar un exilio emocional. Los últimos meses de 2025 desnudaron una paradoja cruda: ser notado por la ausencia, pero ignorado en el sufrimiento. Entre el duelo y la traición familiar, emerge una verdad invisible: a veces, alejarse de quienes más amamos no es un olvido, sino un acto de amor para proteger su luz de nuestra propia oscuridad.
Por Agustín Ochoa Ortega. Existe una paradoja cruel, casi matemática, en el ejercicio del periodismo: nuestra relevancia social suele medirse por nuestra presencia constante. En el ajetreado ecosistema de las redacciones y los deadlines de 2025, el periodista es una pieza que debe encajar siempre. Muchos notarán nuestra ausencia y nos lo harán saber a través de reclamos, correos o reproches por la nota no entregada; sin embargo, son ínfimos los que se acercarán para preguntar si algo sucede detrás de la firma, o qué situaciones apremiantes estamos atravesando en la más absoluta soledad.
Esta realidad, que a menudo se diluye en el torbellino diario de la información, se ha manifestado con una nitidez dolorosa en mi propia experiencia durante el último tramo de este año. El periodismo, una profesión que exige una sensibilidad aguda hacia el mundo que nos rodea, puede conducir, paradójicamente, al aislamiento más profundo. Nos convertimos en cronistas de la vida ajena, en observadores incansables de la condición humana, pero a menudo olvidamos dirigir esa mirada introspectiva hacia nosotros mismos. Nos perdemos en la objetividad, en esa búsqueda de la verdad para los demás, descuidando sistemáticamente la propia. Aprendemos a escuchar a todos, pero nos prohibimos escucharnos.
El peso de la ausencia y la madurez forzada
Los últimos meses han sido una montaña rusa emocional sin frenos. Desde julio de 2025 hasta hoy, he transitado por un espectro que va desde la tristeza más abisal hasta alegrías efímeras, todo ello inextricablemente ligado a mi labor diaria. Cada noticia cubierta, cada entrevista realizada, ha dejado una huella, sumando capas a una experiencia personal ya de por sí compleja. El peso de informar, de ser testigo de la realidad, a veces se torna insoportable cuando la realidad propia está crujiendo.
Este período ha marcado, además, el primer aniversario de la partida física de mi madre. Un año. Un ciclo completo de ausencia que sigue siendo un eco constante, una herida que cicatriza con la lentitud de lo que no tiene reemplazo. Este duelo se ha convertido en el desafío más complejo de mi vida, obligándome a salir al mundo con una madurez forzada. A mis 24 años, la vida me empujó a asumir responsabilidades de adulto que antes parecían lejanas, gestionando compromisos y silencios que ella solía llenar con su sola presencia.
La traición en la propia sangre
Sin embargo, el golpe más seco no provino de la muerte, sino de los vivos. En este escenario, viví uno de los momentos más devastadores cuando mis propios hermanos, en el marco de un conflicto por la sucesión, me agredieron verbalmente. Las palabras, que son mi herramienta de trabajo, se convirtieron en armas punzantes cuando escuché: "Vos estás bien muerto, al igual que mamá. Sos un sorete".
En ese instante, algo se rompió en mil pedazos. Uno desarrolla una piel gruesa para las críticas externas, pero no hay blindaje periodístico para la crueldad de la propia sangre. Me vi obligado a tomar la decisión de denunciarlos penalmente para detener una hostilidad que empañaba la memoria de quien ya no está. Lo más duro fue la espera en el tribunal para ratificar la denuncia, rodeado de rostros fríos, preguntándome qué había hecho para merecer esto. Allí, con un ataque de llanto contenido, comprendí que la traición familiar deja cicatrices que ninguna crónica puede terminar de narrar.
La redacción como trinchera: El oficio que salva
Al regresar a casa, el vacío se volvía físico. No encontrar a mi madre para un abrazo fue la confirmación definitiva de su partida. Hubo semanas de una tristeza espesa, de no querer levantarme. Nadie vio esa lucha interna. En ese abismo, mi único salvavidas fue, irónicamente, el periodismo.
El periodismo me salvó porque me obligó a mirar hacia afuera cuando mirar hacia adentro era insoportable. Encontrar un propósito —la responsabilidad de contar una historia— se convirtió en mi brújula. Para mí, esta profesión representa el compromiso inquebrantable con el orden; donde hubo caos y gritos familiares, yo puse puntos y comas. El teclado fue mi escudo: si podía narrar la realidad del mundo, eventualmente encontraría la fuerza para volver a narrar la mía.
El silencio como escudo: Un acto de amor
En medio de este aislamiento autoimpuesto, hubo silencios que pudieron ser malinterpretados. Es imperativo para mí aclarar que mi ausencia de la vida de personas esenciales, como mi mejor amiga, no nació del desamor ni del fastidio. Al contrario: fue un acto de amor puro y protector.
A veces, el dolor es tan corrosivo que uno teme manchar a quienes más quiere. Me alejé de mi mejor compañía no porque ella me molestara, sino para protegerla de mi propia oscuridad, para no cargarla con un peso que no le correspondía. Mi retiro fue una forma de cuidar ese vínculo, de preservar su paz mientras yo lidiaba con el barro. Fue la difícil decisión de transitar el desierto a solas para que, al volver, pudiera ofrecerle de nuevo la versión de mí que ella merece.
Hacia una ética de la auto-compasión
No escribo esto para despertar lástima. Lo escribo como un acto de justicia personal. Solo pido el espacio necesario para sanar. Quiero salir adelante, y si eso implica estar solo por un tiempo, lo estaré, pero será una soledad habitada por la armonía y la paz que tanto necesito.
Es fácil creer que los periodistas debemos ser bloques de mármol. Pero somos vulnerables. La lección más vital que me deja el 2025 es la importancia de la auto-compasión. Está bien pedir ayuda; no tenemos por qué cargar el peso del mundo solo por tener una credencial de prensa. Somos seres humanos antes que cronistas. El periodismo necesita profesionales sanos que se atrevan a mostrar sus heridas para permitir que otros también sanen. La verdadera fortaleza reside en la valentía de reconocer nuestra fragilidad y en la lealtad de quienes, aun en nuestro silencio, saben esperar nuestro regreso.
