La astronomía, una de las ciencias más antiguas, continúa fascinando a personas de todas las edades. A menudo, imaginamos astrónomos trabajando en observatorios remotos, lejos de la contaminación lumínica de las ciudades. Sin embargo, la historia de Jorge Luis Cabrera, un ingeniero devenido en astrónomo aficionado desafía esta percepción y nos demuestra que la pasión por las estrellas puede florecer en cualquier entorno.
Por Agustín Ochoa Ortega. Cabrera, un nombre reconocido en los círculos astronómicos de la zona de Almirante Brown, Buenos Aires, es un ejemplo inspirador de cómo la vocación puede persistir a pesar de los desafíos. Inicialmente encaminado hacia una carrera en ingeniería en la Universidad Nacional de La Plata por razones prácticas, Cabrera nunca abandonó su profundo interés por el universo. Su trayectoria es un testimonio de la capacidad humana para combinar la pragmática con la pasión. "Desde chico, en realidad yo estudié en la Facultad de la Plata, la astronomía, aparte de ingeniería," recordó Cabrera en una conversación exclusiva con A SUBIRSE A LAS TABLAS.
"Terminé ingeniería por una necesidad laboral más urgente que tenía, pero abandoné un poco la astronomía de manera profesional, pero siempre la tuve de manera aficionada, siempre, desde siempre.". Esta llama nunca extinguida lo llevó, años después, a fundar la Agrupación Astronómica de Almirante Brown, junto con otros docentes jubilados y aficionados. Esta Agrupación, que él mismo preside, se convirtió en un punto de encuentro para entusiastas del cielo nocturno en la región, un lugar donde se comparten conocimientos, experiencias y, sobre todo, la fascinación por los misterios del cosmos.
Más allá de su labor en la Agrupación, Cabrera incursionó en el mundo editorial, publicando una serie de libros dedicados al sol, la luna (con un prólogo de la segunda edición escrito por la renombrada María Kodama) y los planetas. Sus obras no son tratados técnicos densos y áridos, sino más bien guías accesibles que buscan compartir su propia experiencia como astrónomo aficionado. "Trato de comentar la experiencia que tuve como astrónomo aficionado", explicó Cabrera.
Su libro "Astronomía Urbana" es quizás su obra más emblemática. En él, Cabrera desafía el mito de que la observación astronómica es imposible desde la ciudad. "Saco el mito de que desde la ciudad no se ve el cielo y es mentira," afirmó. "Hay muchas cosas que se ven, lo que pasa es saber cómo mirarlas." Argumentó que, si bien las ciudades no ofrecen la oscuridad prístina de las montañas, aún es posible observar objetos brillantes como los planetas, la luna y el sol. "Y eso amerita explicárselo a la gente; de que no es necesario arriesgarse a ir a un lugar oscuro, alejado de tu domicilio, sino que en tu domicilio si tenés un poco de cielo."
La contribución de Jorge Luis Cabrera a la astronomía no reside tanto en descubrimientos innovadores, sino en su capacidad para acercar la ciencia a la gente, para desmitificar y hacerla accesible a todos. Su trabajo es un recordatorio de que la astronomía no es solo para científicos
con telescopios gigantes, sino para cualquier persona que sienta curiosidad por el universo y esté dispuesta a levantar la vista al cielo, incluso desde la ciudad. “Lo que estoy haciendo, lo que estoy tratando de hacer es dejar mis libros, los pocos libros que hice de difusión, dejar las enseñanzas, los relojes, la idea de que no se olviden de que somos parte de la naturaleza”, reflexionó Jorge Luis Cabrera sobre el legado que anhela dejar para las futuras generaciones.
Una Amistad Estelar: Jorge Luis Cabrera y María Kodama
La vida del renombrado astrónomo Jorge Luis Cabrera estuvo marcada por encuentros significativos, pero pocos tan entrañables como su amistad con María Kodama, la viuda y albacea literaria de Jorge Luis Borges. Su relación, que floreció durante más de tres décadas, revela una faceta poco conocida de Kodama: su profundo interés por la ciencia, y en particular, por la astronomía.
Cabrera, un destacado astrónomo nacido en Adrogué, conoció a María Kodama hace más de 30 años a través de la hermana de Cabrera, Ana María, una reconocida autora de novelas históricas. Según relató Cabrera, la amistad nació gracias a un interés común que él desconocía en Kodama: su profundo amor por la ciencia, especialmente la astronomía: "Entonces empezamos a cultivar una amistad que básicamente se nutrió de algo en común que no sabía que ella tenía, que era su amor por la ciencia y especialmente por la astronomía. Esto lo fui descubriendo a medida que charlábamos o hacíamos alguna visión hacia el cielo", recordó Cabrera.
El inicio de esta conexión estelar quedó marcado por un obsequio singular: una fotografía de Saturno, capturada por el propio Cabrera, durante una reunión en el departamento de su hermana. En agradecimiento, Kodama le regaló un libro autografiado de Jorge Luis Borges. Este intercambio simbólico fue el preludio de innumerables conversaciones sobre astronomía. Cabrera rememoró con cariño las visitas de Kodama a su departamento en Adrogué, donde juntos contemplaban la Luna y otros planetas.
La última vez que Cabrera vio a María Kodama fue un año antes de su fallecimiento. "Un año, casi un año justo antes de su muerte, que estuvo en casa con una torta, y justamente el 10 de marzo, que es cuando ella cumplía años, coincidía con el aniversario de casamiento, con mi mujer Mónica. Así que celebramos todos juntos", relató con cariño.
La fascinación de Kodama por el universo no era un mero pasatiempo. Cabrera manifestó que ella lo llamaba durante la noche, impulsada por su naturaleza noctámbula, para comentar sobre eventos astronómicos notables, como conjunciones planetarias o eclipses lunares. Estas charlas, que a menudo se extendían hasta altas horas de la madrugada, evidencian la intensidad de su interés y su deseo de compartir la maravilla del cosmos. La amistad entre Cabrera y Kodama culminó con un gesto de gran significado: Kodama escribió el prólogo de la segunda edición del libro de Cabrera, "La Luna".
Este libro, obsequiado por Cabrera a Kodama debido a su especial interés en el satélite natural de la Tierra, la cautivó desde la primera edición. El prólogo de Kodama no sólo honró el trabajo de Cabrera, sino que también representó una excepción en su carrera, ya que se trata del único libro de difusión científica, no literario, que ella prologó. Este hecho subraya la importancia que ella le daba a esta amistad y a la divulgación del conocimiento científico.
La amistad entre Jorge Luis Cabrera y María Kodama nos revela una faceta inesperada de la célebre escritora: su fascinación por el cosmos. Una conexión que trascendió las letras y se elevó hacia las estrellas, dejando un legado de afecto y un testimonio de que la ciencia y el arte pueden converger en amistades profundas e inolvidables. El universo, en su inmensidad, fue el telón de fondo de esta singular y entrañable relación.
Un legado de tiempo y astronomía en Almirante Brown
Jorge Luis Cabrera dejó una huella imborrable en la cultura de Almirante Brown a través de una serie de donaciones que combinan la precisión de la ingeniería con una profunda pasión por la historia y la astronomía. Su contribución más destacada consiste en la donación de varios relojes de sol, estratégicamente emplazados en sitios históricos del municipio, así como la creación de una sala de astronomía en su antiguo colegio secundario, el Colegio Nacional de Adrogué.
Con una humildad palpable, Cabrera expuso su motivación: “Me pareció que era una manera de devolver lo que uno puede y dejar lo que uno puede a la comunidad”. Esta frase resume a la perfección su espíritu altruista y su deseo de contribuir al bienestar y la educación de las generaciones futuras.
El Colegio Nacional de Adrogué se erige como un testimonio tangible de su generosidad. Allí, además del reloj de sol que adorna sus terrenos, Cabrera creó una sala de astronomía, equipada con elementos relacionados con el estudio del universo, todos ellos obsequiados por el ingeniero. Este espacio se transformó en un valioso recurso para estudiantes y docentes, fomentando la curiosidad y el interés por las ciencias. “Me parece que lo que mejor podemos hacer, sobre todo con el alma docente que yo tengo, es dejar algo a las generaciones posteriores que les pueda servir”, sostuvo Cabrera, revelando su vocación por la enseñanza y su compromiso con el desarrollo del conocimiento.
Los relojes de sol, aparentemente simples instrumentos para medir el tiempo, adquieren una significación mucho mayor en la visión de Cabrera. “Es una forma de registrar la época, cómo se veía el tiempo en esa época. Era mucho más tranquila, no importaba exactamente la hora, con que tenga un error de 10, 15 minutos, suficiente. Los tiempos no eran como ahora”. En sus palabras, estos dispositivos se convierten en portales hacia un pasado más pausado, una invitación a reflexionar sobre el ritmo frenético de la vida moderna. Cabrera se esmera en la construcción de estos relojes, utilizando materiales nobles y técnicas tradicionales. “Lo que normalmente hago son relojes de sol, como se usaba con el estilo de la época, donde en los lugares donde se instalan, por ejemplo, La Cucaracha y en el Colegio Nacional, se hacen de mármol el cuadrante. Y el gnomon, lo que produce las sombras, generalmente es de bronce, como claramente me gusta estéticamente como queda”. La meticulosidad en los detalles refleja su profundo respeto por la estética y la historia.
La creación de la sala de astronomía en el Colegio Nacional respondió a un sentimiento personal y a una preocupación por el futuro de la educación científica. “Justamente el cariño por ese colegio donde hice el secundario. Y vi que había necesidades, que estaban dando algo de astronomía en el colegio y me parecía que faltaba eso”. Consciente de la importancia de la astronomía como ventana al conocimiento científico, Cabrera buscó fortalecer la formación de los jóvenes en esta área. “La astronomía es una ciencia de observación. Es una ciencia que comenzó mirando el cielo. Es la ciencia más vieja”, esgrimió, resaltando el carácter fundamental de esta disciplina en la historia de la humanidad.
Para Cabrera, la astronomía no es solo una ciencia, sino también una herramienta para despertar el interés por las ciencias duras. “Una especie de anzuelo, entre comillas, para acercarlos a las ciencias duras. Te lo digo como ingeniero que tenemos problemas con los alumnos para que entiendan las ciencias duras. No son tan fáciles de asimilar muchas veces. Entonces la astronomía me pareció que era una manera de ayudarlos. Facilitarles el conocimiento de las ciencias duras”, concluyó. Su visión innovadora propone un enfoque más atractivo y accesible para el aprendizaje de las ciencias, aprovechando el atractivo natural del cosmos para estimular la curiosidad y el pensamiento crítico.
La obra de Jorge Luis Cabrera en Almirante Brown trasciende la mera donación de objetos. Se trata de un legado de conocimiento, historia y pasión por la ciencia, que perdurará en el tiempo y seguirá inspirando a las generaciones venideras. Su compromiso con la comunidad y su visión innovadora lo convierten en un verdadero referente para el distrito y un ejemplo a seguir para todos aquellos que buscan contribuir al bienestar y el desarrollo de su entorno.

