Por Agustín Ochoa Ortega. El séptimo arte, en su dimensión más ontológica, trasciende la mera captura del movimiento para erigirse como un dispositivo implacable de memoria y disección sociopolítica. El cine no solo muestra; revela. Bajo esta premisa, el Centro de Experimentación Audiovisual (CEA) de Avellaneda se transformó en el ágora perfecta para proyectar "Nuestra Tierra", una obra documental que explora una herida abierta en el tejido social argentino. Esta pieza nos interpela desde una narrativa visual despojada de artificios, invitándonos a una inmersión reflexiva sobre la maquinaria judicial, la impunidad y el rol indelegable del arte como motor de transformación.
En una velada de innegable densidad cultural, más de un centenar de espectadores convergieron para ser testigos de esta obra, hilvanada por la mirada incisiva de la aclamada directora Lucrecia Martel. El documental despliega, con tensión casi palpable, la conmovedora lucha de la comunidad diaguita Chuschagasta tras el asesinato de su referente, Javier Chocobar. Este crimen, trágicamente inmortalizado en un registro audiovisual masivo, funcionó como un espejo oscuro de la brutalidad y expuso la persistencia sistémica de la injusticia. Martel toma esa imagen cruda y la resignifica, otorgándole el peso histórico que la justicia ordinaria a menudo ignora.
La presencia de Martel dotó a la jornada de una profundidad analítica invaluable. Tras la proyección, la directora abrió el encuadre hacia sus procesos creativos y las reflexiones sociológicas de la película, propiciando un intercambio dialéctico resonante. Los estudiantes del Instituto de Arte Cinematográfico (IDAC) de Avellaneda, su alma mater, pudieron desentrañar inquietudes técnicas y éticas con una voz indispensable del cine contemporáneo. Con nostalgia desprovista de romantización, rememoró sus ásperos años de formación subrayando el estoicismo del oficio: "No teníamos nada de presupuesto, de nada, y trabajábamos y salíamos adelante." Un testimonio vivo e inspirador de absoluta perseverancia autoral en el cine independiente.
Lejos de ser un archivo inerte, "Nuestra Tierra" es un documento vivo que escruta con rigor el tortuoso peregrinaje hacia el juicio oral de 2018. La cámara captura con sensibilidad asombrosa la densidad del tiempo: la espera agónica y la persistencia de la memoria colectiva frente a un aparato diseñado para blindar la impunidad. Desde el análisis sociológico, uno de los clímax del filme es su disección del impacto tecnológico frente a los sesgos hegemónicos. Martel expone una paradoja fascinante: cómo un dron policial, desplegado para el control burocrático, terminó arrojando luz irrefutable sobre la proximidad espacial entre las viviendas de la comunidad, pulverizando así la coartada defensiva de la distancia.
Con su lucidez característica, la realizadora desarticuló cómo operan estas miradas estructuralmente clasistas y racistas, cuya finalidad es la deslegitimación originaria: "Se manifiesta de muchísimas maneras. Primero, no reconociendo el territorio, no reconociendo la existencia, complicando los trámites para que sea difícil para la gente en las comunidades hacer trámites." Con estas palabras, la directora detalló y cartografió las violentas estrategias silenciosas que perpetúan la marginalidad de los pueblos, durante una conversación en exclusiva con el blog de noticias culturales "A Subirse a las Tablas".
En el tramo final, la directora delineó un manifiesto fundamental sobre el rol esencial del dispositivo cinematográfico en la esfera pública. Lejos del entretenimiento evasivo, propuso una renovada ética del espectador: "Las películas son para conversar, para recordar temas, para aprender un poco, pero también para comprender el dolor de los demás, la alegría de los demás y conversar. Y a ver si así, entre todos, podemos cambiar las cosas."
Esta visión redefine la sala como un laboratorio empático para el cambio. A modo de epílogo, articuló un enérgico llamado colectivo, reenfocando el debate hacia la dignidad inalienable de las comunidades originarias. "Los aborígenes la tienen a su dignidad, los indios, las comunidades. Lo que nosotros tenemos que hacer es, nosotros, recuperar la dignidad de ciudadanos argentinos y de nuestra historia", sentenció con innegable contundencia cívica.
Más que un documental, "Nuestra Tierra" es un ejercicio estético de resiliencia, una interpelación a nuestra conciencia y una convocatoria urgente a la acción. Es el recordatorio de que, mediante el arte y el diálogo, podemos edificar una sociedad equitativa. La proyección en el CEA, enriquecida por la brillantez de Lucrecia Martel, no solo jerarquizó el paisaje cultural de Avellaneda, sino que encendió el proyector de la esperanza en la continua y ardua búsqueda de la verdad y la justicia.
