Querida Karen,
Hay hilos invisibles que unen a las personas y, al mirar atrás, me doy cuenta de que el nuestro se tejió con una paciencia y una dulzura que pocas veces se encuentran. Escribo estas líneas no solo para despedirme, sino para revelarte que guardo cada segundo compartido como el tesoro más grande de mi existencia. Nuestra historia no fue solo una amistad; fue el viaje de dos almas que se animaron a soñar en voz alta cuando el mundo callaba.
¿Te acuerdas de nuestra primera foto juntos? Fue aquel diciembre de 2019 en Lanús. Me acompañaste a esa columna de cultura en la televisión y era tu primera vez en un estudio; estabas radiante, incluso cuando la presión te jugó una mala pasada. Me parte el alma y a la vez me llena de ternura recordar que solo me alcanzaba para un paquete de galletitas para que te sintieras mejor. Estaba sin trabajo, Ka, pero lo poquito que tenía era tuyo. Unas semanas después, te llevé ese body gris plata, brillante, como queriendo decirte que estabas destinada a brillar, incluso cuando los tiempos fueran grises.
Luego llegó enero del 2020. Esos días fueron duros, el mundo se sentía pesado, pero las tardes en Monte Grande lo curaban todo. Nos sentábamos a soñar con tu carrera, tirando nombres de artistas, imaginando canciones que aún no existían pero que ya sentíamos nuestras. Y, por supuesto, no puedo evitar sonreír al recordar la primera vez que te llevé a casa. Usé la excusa de que "me ibas a ayudar con el diario", y aunque mi mamá te recibió con ese celo protector que tienen las madres, al final el amor venció. Terminamos comprando unos bizcochitos Don Satur, tus favoritos, y compartiendo unos mates en el comedor. Esas charlas, la segunda y la tercera vez que viniste, se convirtieron en el refugio donde fuimos más nosotros que nunca.
Tengo un tesoro guardado: Aquella filmación donde bailamos tango. A veces la miro solo para recordarnos así, moviéndonos al ritmo de una música que solo nosotros entendíamos, riendo, siendo libres.
La pandemia nos robó aquel cumple que planeamos en la plaza, con sanguchitos de jamón y queso, pero no pudo con nuestra amistad. Por eso, el 20 de julio de ese año fue tan especial. No sabía cómo llegar a tu casa y me fuiste a buscar a la estación. Ese Día del Amigo fue el primero que celebré de verdad en mi vida. Me regalaste un mate precioso que aún conservo y yo intenté devolverte un poco de toda la alegría que me dabas con ropa y zapatos, queriendo siempre cumplirte cada gusto. No paramos de reír; cada reflexión era una locura compartida y el sol se nos escapó entre las manos sin darnos cuenta. Gracias por ese día, de verdad, gracias.
Verte crecer fue mi mayor orgullo. En abril de 2021 estuviste a mi lado en mi debut en la radio municipal, dándome la fuerza que necesitaba. Y poco después, bajo el sol de Adrogué, hicimos ese primer book de fotos artístico. Ver esas imágenes publicadas en los portales web, verte nacer oficialmente como artista ante el mundo, fue una recompensa para ambos. De las galletitas en Lanús pasamos a merendar en Pertuti y a cenar en Recoleta antes de tu entrevista en Radio Continental. ¡Qué camino tan increíble recorrimos!
Pero, sin duda, el 2022 quedó marcado a fuego en mi memoria. ¿Cómo olvidar cuando te llevé de sorpresa al estudio fotográfico de Sony? Fue una jornada caótica, accidentada por esos malentendidos en la comunicación que nos terminaron obligando a compartir el camarín con otros artistas. Pero ¿quién nos quita eso, Ka? Estábamos ahí, en las ligas mayores, viviendo la adrenalina de tus producciones para tus canciones. Ese recuerdo es imborrable, una prueba de que los sueños, por más accidentados que sean, se cumplen si estamos juntos.
Y el 19 de agosto... qué fecha tan sagrada. El lanzamiento de tu primera canción. Lo celebramos en Bonafide, nuestro lugar en el mundo, nuestro refugio. Recuerdo tu cara de felicidad absoluta; tu emoción lo decía todo y yo, desde mi lugar, no podía más de orgullo. Pero más allá de los estudios y las luces, lo que más atesoro son las tardes-noches de ese diciembre del Mundial de Qatar. Esas facturas que me esperaban, el mate fiel compañero y el calor de tu familia frente al televisor sufriendo y festejando por la Selección. Esos momentos de hogar son los que realmente definen lo que fuimos.
2023: El año en que el mundo te conoció
Sin lugar a dudas, el 2023 fue el mejor año de nuestra amistad. Fue el año de tu consolidación, de verte convertirte en la artista que siempre supimos que eras. Qué manera de correr, Ka. De un lado al otro, cumpliendo con cada entrevista, con cada responsabilidad. Se me inflaba el pecho al ver cómo obtenías tu primera radio oficial en Radio Sentir de California, o cómo te buscaban medios de Colombia y Venezuela. Ver los diarios de tu propia ciudad reflejando tu éxito fue la confirmación de que tus sueños ya no eran solo tuyos, sino de todos los que te admiramos. Y coronamos todo en Radio Continental, tu primera radio nacional. ¡Vaya que la rompiste! Estuviste a la altura de las estrellas.
Pero, más allá de los micrófonos y el éxito, me guardo lo íntimo. Ese fin de semana que te quedaste en mi casa. Se me llenan los ojos de lágrimas al recordar cómo aparecimos de sorpresa ante mis padres con todas tus cosas. Ese día, los tres juntos —mi mamá, vos y yo— armamos el arbolito de Navidad. Fue un fin de semana maravilloso: las charlas de madrugada donde arreglábamos el mundo, los mates nocturnos, las empanadas de jamón y queso, los fideos del domingo en familia y las chocolinas con dulce de leche que tanto disfrutamos.
El 23 de noviembre de 2023 quedó grabado en mi alma. Caminar desde mi casa hasta el teatro en Banfield para tu presentación, sentir tus nervios de "primera vez" a flor de piel... fue un honor ser el testigo de tu valentía.
Y algo que nunca voy a olvidar, y que te agradeceré eternamente, es el amor que le diste a mi madre. Cuando ella te invitó a celebrar sus 70 años en el Buen Comer, ahí estabas vos, firme, haciéndole compañía, celebrando su vida como si fuera la tuya. Déjame decirte algo que quizás ya sepas: mi mami siempre te quiso y te adoptó como una hija más. En sus ojos también sos parte de nuestra familia.
Hoy nos toca tomar rumbos distintos, pero me voy con la paz de haber estado ahí, en cada caída y en cada ovación. Te dejo volar, Ka, porque naciste para eso. Llevate mis mates, mis recuerdos y el cariño de mi familia en tu equipaje. Que la música te siga llevando a lugares increíbles, pero nunca olvides el camino de regreso a esos momentos donde solo éramos nosotros, un paquete de galletitas y un sueño gigante. Me llevo conmigo el sabor de los mates amargos y dulces, el crujir de los bizcochitos, el brillo de tu body plateado y la satisfacción de haber estado en primera fila viendo cómo te convertías en la mujer y artista que siempre soñamos en aquellas tardes de Monte Grande.
Te deseo siempre lo mejor, Ka. Que nunca te falte un sueño por el cual luchar ni un motivo para sonreír.
Te quiero siempre, te admiro más.
Hasta que la vida nos vuelva a cruzar,
Hasta siempre, Ka. Gracias por haber sido mi mejor historia.
Con todo mi amor y gratitud,
Tu compañero de sueños.
