A solo 24 horas de una fecha que exalta el romance de pareja, surge la necesidad de reivindicar los otros afectos. Una reflexión sobre la amistad, la familia y el vacío de quien, tras años de ser prioridad, hoy vuelve a la soledad de las persianas bajas.
Por Agustín Ochoa Ortega. Faltan tan solo 24 horas para que el calendario nos golpee de frente con el mal llamado “Día de los Enamorados”. Digo "mal llamado" con la convicción de quien ha entendido, a fuerza de vivencias y cicatrices, que la arquitectura del afecto es mucho más compleja que una cena a la luz de las velas o un ramo de rosas rojas. En la gramática de la vida, el amor no es un sustantivo singular; es un concepto plural, vasto y, muchas veces, injustamente minimizado.
Existe el amor de una madre que es refugio; el de un padre que es guía; el de los hermanos que son testigos de nuestro origen y el de los abuelos que son nuestra memoria. Y, por supuesto, existe el amor de los mejores amigos, ese lazo que elegimos voluntariamente y que, en ocasiones, sostiene más que cualquier estructura biológica. Hay amores que son efímeros y duran tan solo un suspiro, pero hay otros que están diseñados para la eternidad, dejando huellas tan profundas en el corazón que cada recuerdo compartido se transforma en una sonrisa que nos recorre el rostro de oreja a oreja.
La polifonía del afecto
Cada 14 de febrero debería ser, en realidad, un altar para todos los amores. Porque todos ellos, sin excepción, nos mejoran como seres humanos. El amor de una madre genera esa paz y armonía necesaria para no sucumbir ante el caos del mundo. El amor de un mejor amigo es el motor de la alegría; es el clima de bienestar que se respira cuando surgen las anécdotas, los chistes internos y las travesías compartidas. Por su parte, el amor de pareja viene a completarnos, a elevarnos hasta ese punto casi místico de sentir que tocamos la luna con las manos.
Lo que intento afirmar es que todos los vínculos deberían ser enaltecidos y celebrados. El amor es también amistad, es felicidad y es presencia. ¿Qué habría de malo en celebrar este día con cada una de las personas que dan sentido a nuestra existencia? Sin embargo, la realidad suele ser más cruda y excluyente.
El refugio en la penumbra
Durante 25 años de mi vida, el 14 de febrero fue sinónimo de una tristeza devastadora. Eran días marcados por una pregunta punzante: ¿Por qué nadie me elige? Aún puedo sentir el frío de mi habitación, con las persianas bajas, ocultándome de un mundo que parecía brillar demasiado mientras yo lloraba desconsoladamente. Me sentía un paria, un ser extraño, alguien excluido de la narrativa social del afecto.
Hasta que un día, la vida decidió darme un respiro. Apareció ella: mi mejor amiga. Una "loquita divina" que trajo consigo una propuesta revolucionaria: celebrar no solo el Día del Amigo, sino también los 14 de febrero. Ella quizás nunca dimensionó el impacto de sus palabras, pero en ese momento me hizo sentir especial. Me sentí un elegido.
A partir de ahí, empecé a creer que el verdadero amor entre mejores amigos sí existe. No me refiero al amor encasillado y limitado que la sociedad pregona, sino a la certeza de sentirse amado y, sobre todo, de ser la prioridad. Durante cinco años, ella me eligió. Aun teniendo pareja, encontraba el hueco, el momento, la tarde de domingo para estar conmigo.
Todavía guardo con nitidez el recuerdo del 14 de febrero de 2024. Fui invitado al cumpleaños de su madre y allí experimenté una plenitud desconocida: la de sentirme parte de una familia que no era la mía, pero que me abrazaba como si lo fuera. Aquel día le regalé un body rojo, un detalle pequeño para la inmensidad de lo que ella me hacía sentir: el mejor amigo del mundo.
El peso de la comparación y el vacío
Pero la realidad es un muro de concreto y escarcha: contra ese amor de vidriera y esa capacidad económica que todo lo deslumbra, mi humilde lealtad no tiene ninguna oportunidad. Al lado de él, me siento despojado, reducido a la nada misma. Me descubro miserablemente pobre; pobre de presencia, un mendigo de esos minutos que antes ella me regalaba sin pedir nada a cambio. Soy el náufrago de una elección que una vez me perteneció y que hoy me ha dejado en la orilla, mirando cómo el barco de su felicidad zarpa con otro capitán. Mi corazón es hoy una alcancía vacía, incapaz de competir con el brillo del oro y el estatus que hoy ocupan mi lugar. Me duele entender que, en la lógica del mundo, mi entrega de cinco años no cotiza frente a la seguridad de una billetera que yo jamás podré igualar.
Me duele ver ejemplos como los de Carla y Nahuel, cuya complicidad es tan sólida que ni los premios ni el éxito los separan; verlos juntos en la mesa del Martín Fierro, subiendo al escenario como un equipo, me genera una envidia sana. Quisiera que alguna vez me pasara a mí: que alguien afirmara que, a pesar de los novios o las billeteras, su mejor amigo sigue siendo una prioridad innegociable.
Mañana, el 14 de febrero será para mí el recordatorio de una derrota silenciosa. Después de salir de teatro, cruzaré el umbral de mi casa con el alma en pedazos, buscaré el rollo de cocina para secar un llanto que no parece tener fin y me hundiré en la penumbra de mi cuarto. Mañana será un día sin el abrazo de mi madre, sin la complicidad de mis hermanos y, sobre todo, sin el refugio de MI MEJOR AMIGA. Mañana, mientras el mundo brinda por el amor, yo aprenderé a sobrevivir al frío de las persianas bajas, habitando el olvido de quien alguna vez fue mi todo.
