En las vitrinas ahora vacías del Museo Histórico Nacional, en el corazón del Parque Lezama, habita un silencio que grita. No es solo la ausencia de una pieza de acero y madera; es el vacío que deja la institucionalidad cuando es arrollada por la voluntad personalista. La reciente decisión del gobierno de Javier Milei de trasladar el sable corvo del General José de San Martín al Regimiento de Granaderos a Caballo no es un mero movimiento logístico: es un acto de despojo simbólico que ignora la historia, la ley y, fundamentalmente, la última voluntad del Libertador.
Una genealogía de la soberanía
Para entender la gravedad del hecho, es imperativo desandar el camino de este objeto, que es, quizás, la reliquia más sagrada de la emancipación americana. En su testamento redactado en París en 1848, San Martín no eligió un cuartel para su arma de combate. Con una lucidez política que trascendía las fronteras, legó el sable al Brigadier General Juan Manuel de Rosas.
"El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que aquel General ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla".
Este gesto no fue azaroso. San Martín premiaba la defensa de la soberanía nacional ante el bloqueo anglo-francés. Tras la muerte de Rosas, el sable pasó a manos de su amigo Juan Nepomuceno Terrero, cuya familia —representada por Máximo Terrero y Manuelita Rosas— decidió en 1897 que el destino final del arma debía ser el Museo Histórico Nacional. El deseo era explícito: que el sable perteneciera al pueblo, no a una facción, no a una fuerza armada, sino a la Nación toda.
El sesgo de la "militarización" del patrimonio
La administración de Javier Milei, bajo una narrativa que pretende exaltar figuras patrias mientras desmantela las instituciones que protegen su legado, incurre en un grave retroceso en materia de preservación. Al trasladar el sable a un regimiento militar, se restringe el acceso público y se somete una pieza de valor incalculable a una jurisdicción que no garantiza los protocolos internacionales de conservación museológica.
El Museo Histórico Nacional no es un depósito; es un centro de investigación, restauración y educación. Retirar el sable de este ámbito es quitarle su contexto pedagógico para convertirlo en un fetiche de autoridad. Esta medida parece responder más a un deseo de apropiación estética de la figura de San Martín por parte del actual Ejecutivo que a un interés real por la difusión de su pensamiento. San Martín fue un hombre de leyes y de instituciones; su sable fue la herramienta para fundar repúblicas, no para decorar despachos o guarniciones fuera del alcance del ciudadano común.
El conflicto legal: Los descendientes alzan la voz
El atropello oficial no ha pasado desapercibido para los herederos de la voluntad de los donantes. Los actuales descendientes de la familia Terrero han iniciado acciones judiciales para frenar este traslado. El argumento es irrebatible: la donación del sable a la Nación tuvo un cargo específico, y ese cargo era su exhibición y custodia en el Museo Histórico Nacional.
Vulnerar este acuerdo no solo es una falta de respeto a la memoria de los Terrero y de Manuelita Rosas, sino que sienta un precedente peligroso para todo el patrimonio nacional. ¿Qué seguridad tienen los donantes futuros si el Estado, por un decreto circunstancial, puede cambiar el destino de piezas que forman parte de la identidad colectiva?
Un símbolo de unidad bajo llave
La frase “El sable es de los argentinos” no es un eslogan; es una realidad jurídica y política. San Martín es el símbolo de la unidad nacional y de la construcción republicana. Su figura no debe ser utilizada para profundizar grietas ni para retroalimentar místicas castrenses que poco tienen que ver con el espíritu civilista que el Libertador mantuvo hasta sus últimos días en Boulogne-sur-Mer.
La mirada crítica sobre el accionar del gobierno de Milei se impone por peso propio: en un contexto donde se pregona la libertad, se restringe la libertad de acceso al conocimiento y a los bienes culturales. Defender la permanencia del sable en el Museo es defender la idea de que la historia nos pertenece a todos, y no a quien circunstancialmente detenta el poder.
Solicitar la revisión urgente de esta medida es un imperativo ético. El sable debe volver a su casa pública. Porque, como bien sabemos, defender nuestro patrimonio es defender nuestra historia, y sin una historia respetada, el futuro de la Nación queda a merced de los caprichos del presente.
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