Por Agustín Ochoa Ortega. Son las 6 de la mañana. El mundo exterior aún duerme, pero en la penumbra solitaria de mi habitación, mi corazón y mi mente han decidido sentarse frente a frente. Pese a mis vagos y desesperados intentos por reconciliarme con el sueño, ambos parecen haber sellado un pacto cruel y hermoso para no dejarme descansar. De esta íntima "disputa" entre la fría lógica de la razón y las heridas abiertas del corazón, nace esta confesión. Es el eco de un hecho que me atravesó el alma hace apenas unos poquitos días; un golpe que en el primer instante me dejó sin aire, quebrado, y frente al cual, con el lento y doloroso pasar de las horas, tuve que obligarme a encontrar esa frialdad de supervivencia necesaria para sobreponerme y no desmoronarme por completo. Sé que, al deslizar la vista por estas líneas, muchos sentirán un nudo en la garganta y se verán reflejados, porque el dolor de perder a quien se ama en silencio es, tristemente, un lenguaje universal. Y aunque mi alma grita, guardaré el respeto de no mencionar nombres.
Los otros días, de la forma más oscura, se terminó una hermosa historia de amistad. Se rompió el lazo con una persona que, durante casi seis años, fue mi gran compañera. Una niña dulce que se convirtió en mi sostén y con la que compartí un universo de momentos que hoy son reliquias invaluables, custodiadas en mi memoria y en mi corazón. Guardo sus divinos regalos no como simples objetos, sino como fragmentos de su tiempo y su cariño; los seguiré luciendo con mucha honra, con una melancólica felicidad, porque al mirarlos recordaré lo inmensamente especial y lindo que fue haber tenido el privilegio de esa amistad.
Pero el final no tuvo la poesía de nuestros mejores días. Se desplomó de una manera muy abrupta, muy triste, tras hacerle saber un detalle que rompió el cristal: le comenté que tenía activada su ubicación en Instagram. Vale destacar que en esa red, si no configuras y desactivas tu ubicación, esta queda expuesta para tus seguidores, al igual que tu estado de conexión. No voy a ponerme una máscara de perfección ni a mentir; en ese instante de quiebre le dije una frase muy triste de la que hoy me arrepiento hasta los huesos. Soy humano, por mis venas corre sangre, no agua, y me lastima profundamente que me mientan. Creo que a cualquiera le hierve la sangre cuando le dicen una cosa y la realidad termina mostrándole otra. A cambio de mi enojo, recibí frases que me provocaron un dolor lacerante, seguidas de un castigo moderno y letal: el bloqueo en todas las redes sociales. Un muro de contención. Un silencio sepulcral que hoy hace mella en lo más profundo de mi alma y de mi corazón.
No insistí. No me alejé por las infames acusaciones o la sombra de una posible amenaza, sobre todo porque mi intención siempre fue genuina y sin maldad alguna. Me alejé porque, con el pecho hecho pedazos, me di cuenta de que ya no era bienvenido. Me habían convertido en el villano de una historia mal contada, una narrativa en la cual decidieron prejuzgarme, ejecutar la sentencia en lugar de darme la oportunidad de explicarme, de defenderme, o tan siquiera de escuchar mi voz quebrada. Pero eso nunca sucedió. Entendí, tragando lágrimas, que era el final de un vínculo que me regaló los mejores capítulos de mi vida y con la cual aprendí mucho sobre lo que es vivir y disfrutar. No era el final que yo deseaba para esta, mi mejor amistad. Fue importante en todo sentido, una persona que jamás olvidaré y que ha dejado huellas imborrables de su paso por mi vida.
Reconozco, y esto me pesa como plomo, que en el último tiempo nuestro refugio se había tornado dificultoso. No supe interpretar ciertos momentos, ciertos códigos, ni mucho menos supe transmitir cómo me sentía frente a esa amistad. Sus acciones me hacían mucho daño, y en vez de construir un puente a través del diálogo, reaccioné desde la ansiedad, desde el dolor, desde la furia desesperada de no sentirme comprendido ni entendido. Sé que estuve mal, lo reconozco de todo corazón, pese a que mis intentos por hablar caían en saco roto. Lo que tantas veces intenté decirle era que su actitud era intermitente, y eso a mí me generaba una ansiedad voraz. Me hablaba y luego desaparecía por horas, aduciendo que estaba ocupada o mirando series. Eso me dejaba en un limbo de confusión, aferrado a algo que, gota a gota, me estaba envenenando. Sabía que ya no era conexión, sino pura intermitencia: me daba justo lo que necesitaba para no irme, pero nunca lo suficiente para estar tranquilo. Yo no quería adaptar mi tormenta a su vida cuando la mía, claramente, no era un camino de rosas.
Mucho tiempo quise explicarle esto, pero no me salían las palabras justas ni necesarias. De estos temas de inteligencia emocional soy nuevo, estoy aprendiendo a caminar a ciegas. Esa actitud intermitente estaba mal y me estaba destrozando, pero mi torpeza solo me permitía atinar a decirle que no me hablara, que lo hiciera recién cuando estuviera desocupada. Y a veces, devorado por la ansiedad, le escribía de más. Lo reconozco: estuve mal también. Le intentaba transmitir que sus acciones me traían consecuencias muy negativas, pero no supe cómo hacerlo; terminaba haciéndola sentir culpable, y eso es injusto.
Tampoco tengo experiencia en expresar cómo me siento. Como he confesado antes, vengo de una infancia donde, si intentaba expresar algún tipo de sentimiento, era automáticamente reprimido y silenciado. Aprendí a callar para sobrevivir. Y cuando por fin quise hablar, lo hice desde un lugar equívoco que no está bueno. No soy un tipo perfecto. Tengo mis aciertos y mis enormes defectos, pero todos los días me levanto con la misión inquebrantable de mejorarlos, de ser un mejor hombre para mí mismo y, sobre todo, una persona mucho más sana para quienes me rodean, me conocen y comparten el día a día de mi vida.
Me haré cargo de mis errores con una tristeza infinita, no obstante, jamás estaré de acuerdo con su accionar y su proceder final. Esa forma de irse denota que hacía rato yo le había dejado de importar; que simplemente no sabía cómo decírmelo para cortar un vínculo que estaba llegando a su final inminente, y juntos solo nos dedicamos a estirar su lenta y cruel agonía.
Una súplica desde el alma:
Si alguna vez pasan por una situación similar, les ruego: sepan comunicar lo que les sucede de la mejor manera posible. No les mientan a sus amigos, ni a sus familias, porque las mentiras tienen patas cortas y, tarde o temprano, la verdad sale a la luz y arrasa con todo. Es infinitamente más dolorosa una mentira que una verdad amarga, porque la mentira lleva impregnado el veneno de la traición y la deslealtad.
Sobre todo, antes de tomar una decisión drástica que cambie la vida de alguien, no lo hagan desde el lado caliente de la ira. Denle al otro la piedad de defenderse, la oportunidad de decir su versión de los hechos. Escúchenlo. Deténganse un segundo, respiren, y no escupan palabras en caliente. Piensen antes de que el silencio se vuelva irreversible.
Hoy, mientras el amanecer finalmente se asoma por mi ventana, abrazo el vacío que dejaste. Me despido del villano que creaste en tu mente, para quedarme con el hombre herido pero profundamente agradecido. Gracias por haberme enseñado a vivir, aunque tu última lección haya sido enseñarme cómo duele aprender a decir adiós.
