En una charla íntima con A Subirse a las Tablas, el hombre detrás de las narices prominentes y el humor reflexivo repasó una trayectoria que es, en esencia, la historia misma de la historieta rioplatense.
Por Agustín Ochoa Ortega. Hay artistas que parecen fundirse con el paisaje que habitan, como si sus personajes no fueran meras líneas sobre papel, sino vecinos que uno podría cruzarse al doblar la esquina. Tabaré Gómez Laborde, conocido simplemente como Tabaré, es uno de esos creadores. Aunque sus raíces se hunden en el Uruguay que lo vio nacer, su corazón y su genio creativo echaron raíces profundas en el sur del Gran Buenos Aires, específicamente en Turdera, ese rincón que él describe con la sencillez de un asombro cotidiano.
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Fb Oficial: Diógenes y El Linyera- Tabaré
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Un destino marcado en la sangre
Para Tabaré, el dibujo nunca fue una elección académica, sino una condición biológica. "Lo traigo en la sangre, vino conmigo", confiesa con la seguridad de quien no conoce otra forma de existir. Sin estudios formales, guiado únicamente por el impulso de un lápiz que parecía tener vida propia desde su infancia en Uruguay, Tabaré se convirtió en un autodidacta por derecho propio. Nadie lo obligó; fue el placer puro de la creación lo que lo llevó a sus primeros trabajos en revistas humorísticas orientales.
Sin embargo, el mercado uruguayo le quedaba chico a su ambición silenciosa. Mientras trabajaba para el diario porteño Noticias desde el otro lado del charco, Tabaré decidió cruzar el Río de la Plata. Eran tiempos difíciles, marcados por la oscuridad de la dictadura, donde el humor se convertía en la única rendija de luz para la expresión.
"La manera que teníamos de expresarnos era por medio de una revista humorística, tratar de criticar el momento. Era la única forma", reflexionó el artista. Su llegada a Buenos Aires coincidió con el "boom" de la historieta, una época dorada donde los quioscos rebosaban de publicaciones que hoy son leyenda.
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El nacimiento de un mito: Diógenes y el Linyera
Si hay una obra que define la identidad gráfica de Tabaré es, sin duda, Diógenes y el Linyera. Pero ¿cómo nació esta dupla que durante décadas habitó la contratapa de Clarín? La historia es tan fortuita como brillante.
Todo comenzó en la mítica revista Satiricón. Tabaré realizaba unos dibujos al pie de página para la sección "Chau Pinela", que mostraban a un hombre corriendo junto a un perro. Ese detalle no pasó desapercibido para dos mentes brillantes: Jorge Guinzburg y Carlos Abrevaya.
- La Idea: Guinzburg y Abrevaya propusieron crear una tira centrada en ese perrito y su dueño.
- El Bautismo: Ellos le pusieron los nombres: Diógenes al perro (irónicamente el filósofo cínico) y el Linyera al hombre.
- El Debut: Lo presentaron en Clarín "para ver qué pasaba".
"Fue para sobrevivir, para agarrar un mango y llegar a fin de mes", admitió Tabaré con una honestidad brutal que desmitifica el éxito. Jamás imaginaron que esa tira se convertiría en un pilar del dibujo gráfico mundial. Lo que empezó como una necesidad económica terminó siendo un ejercicio de libertad creativa.
Turdera: El refugio de la Plaza San Martín
Muchos se preguntan por qué un artista de su talla eligió Turdera para vivir. La respuesta reside en el contraste. Mientras el mundo acelera, Turdera parece conservar un pulso humano, casi bucólico. Es allí, en las cercanías de la Plaza San Martín —escenario donde transcurren las andanzas de Diógenes y su dueño— donde Tabaré encontró su hogar.
"Es la tranquilidad, la paz que hay. Mirando cómo está la zona de Lomas de Zamora, esto es Disneylandia", afirmó con su característico humor. Para él, la ausencia de un centro comercial ruidoso no es una carencia, sino una bendición que le permite vivir "tranquilo por ahora". Esa misma paz es la que se filtra en sus dibujos: el banco de plaza, los árboles altos y el tiempo que parece detenerse mientras un perro reflexiona sobre las contradicciones humanas de su amo.
El quiebre de Quino y el fin de una era
Al repasar la historia del humor gráfico argentino, Tabaré reconoce un antes y un después de Quino. Para el uruguayo, el creador de Mafalda rompió la inocencia de las publicaciones tradicionales como Rico Tipo o Patorozú. Quino obligó al lector a pensar, a reflexionar mientras sonreía.
"Después de Quino vinimos nosotros: Fontanarrosa, Caloi, Crist y yo", contó, ubicándose con modestia en el olimpo de los grandes. Sin embargo, el presente le genera una melancolía inevitable. El papel está en retirada y con él, una forma de consumo cultural. "La gráfica está desapareciendo. La tecnología hizo desaparecer el papel y ahora es todo tablet, celular", lamenta. A los jóvenes que le escriben con la ilusión de vivir del dibujo, Tabaré les habla con la verdad: es difícil alentar a alguien a vivir de algo que está cambiando drásticamente de soporte y de mercado.
Un legado de tinta y humildad
Tabaré sigue siendo el tipo que "dibuja y nada más", el hombre que no necesitó de la universidad para entender la psicología humana y plasmarla en un perro vagabundo. Su amor por Turdera y su lealtad al oficio lo mantienen como un faro para aquellos que aún creen en el poder de una buena viñeta.
Vivir de lo que a uno le gusta es, para él, el premio mayor. Y aunque los diarios ya no se lleven bajo el brazo en el colectivo, el espíritu de Diógenes seguirá recorriendo imaginariamente la Plaza San Martín, recordándonos que, a veces, la sabiduría más grande se encuentra en el silencio de un barrio tranquilo.