Por Agustín Ochoa Ortega. El arte tiene la capacidad inigualable de conmover, de sanar y de obligarnos a mirar hacia adentro, incluso cuando más rehuimos esa introspección. "Un hombre solo es demasiado para un hombre solo", la reciente obra que ha cautivado al público en el cine-teatro Wilde, es un testimonio vibrante de esta verdad. Bajo la magistral interpretación de Gustavo Garzón, en compañía de la actriz Victoria Baldomir, esta pieza teatral se erige como un faro de esperanza y reflexión sobre temas tan universales como la soledad, el amor tardío y el vértigo de reinventarse cuando los calendarios ya suman varias décadas.
La obra nos introduce en la vida de Joaquín, un hombre de 70 años que, tras jubilarse, se encuentra inmerso en una profunda crisis existencial. El tiempo le sobra, la inspiración le esquiva y las palabras se niegan a fluir de su pluma. Es en este punto de inflexión, en la quietud de un taller literario, donde emerge Laura, una figura que despierta en él un sentimiento inesperado y potente: el amor, en su forma más pura y, quizá, por primera vez. A través de sesiones de terapia, textos íntimos que se transforman en confesiones y mensajes que se vuelven el ancla de su día a día, Joaquín se ve confrontado a una decisión trascendental: aferrarse a la comodidad previsible de lo ya conocido o arriesgarlo todo por una pasión que irrumpe en su vida para exigirle una reinvención total.
En una conversación exclusiva con A SUBIRSE A LAS TABLAS, Gustavo Garzón, no solo protagonista sino también dramaturgo de la obra compartió su visión sobre el proceso de conectar con estas temáticas a una edad en la que muchos considerarían que las grandes revoluciones personales ya han quedado atrás. "La vida continúa, sigue, es un sinfín, que no es que termina una edad y empieza otra, entonces todo cambia, todo es más o menos lo mismo, lo que pasa es que uno está más cansado de grande nada más, pero la vida es la misma, el amor es el mismo, los vínculos son los mismos, las dificultades son las mismas", afirmó con la sabiduría que solo la experiencia otorga. Sin embargo, matizó su perspectiva con una profunda reflexión personal: "no siento eso de empezar de nuevo, porque no siento que nunca haya terminado nada, esa es la realidad". Esta frase encierra una potente lección: la vida no es una serie de capítulos cerrados, sino un flujo continuo donde cada experiencia, cada sentimiento, cada relación, se entrelaza con lo anterior, configurando una totalidad en constante evolución.
"Un hombre solo es demasiado para un hombre solo" trasciende la mera representación teatral para convertirse en una invitación a la introspección y, quizás, a la sanación. Garzón subraya el poder catártico del arte, una herramienta invaluable para transformar el dolor en belleza. "La escritura es parte del arte, y si a través del arte uno puede sanar muchas cosas, a mí en mi experiencia personal y que lo digo en esta obra", confesó. Recordó cómo, en un momento de crisis personal, un psicoanalista le sugirió escribir, reconociendo su innata inclinación por las letras. Esta experiencia personal se teje en la trama de la obra, donde la escritura emerge como un bálsamo, un refugio y un medio para dar sentido a lo incomprensible.
Continuando con esta línea de pensamiento, Garzón profundizó en la idea de que el arte y la escritura pueden ser elementos de sanación profunda: "Como dice en la obra, para que no sea todo pérdida, para poder transformar el dolor en arte, lo oscuro en luz, y bueno, y eso ayuda mucho a vivir, porque si no es muy difícil poder sostener algún tipo de emociones, de angustias, entonces te permite liberar a través de lo creativo y encima capaz que ganas unos pesos, con tu propio dolor". Esta perspectiva, que invita a metabolizar las experiencias más difíciles en algo constructivo y bello, resuena profundamente en el público, ofreciendo una vía para transitar las propias aflicciones.
La obra también interpela al espectador sobre la ineludible necesidad humana de encontrar al otro. Garzón reflexionó sobre la naturaleza esencialmente relacional de la existencia: "Siempre el otro, uno es con el otro, como que solo la vida, la vida es con otros, con otras, es con los otros, también con los espacios de soledad que son necesarios, pero siempre es vincular, siempre las cosas más lindas de la vida son con otros". Si bien reconoce que ciertas expresiones artísticas como la escritura o la pintura pueden disfrutarse en soledad, incluso los artistas que se dedican a ellas experimentan la necesidad de la conexión. "Por ahí una de las pocas cosas que en soledad se disfrutan es el arte también, la escritura, la pintura, pero también sufren los pintores y los escritores el tema de tener un trabajo tan solitario, tan aislado, y el momento de presentarlo a un público es un momento de comunicación", enfatizó. La culminación de cualquier proceso creativo, al parecer, reside en su encuentro con el público, en esa comunión que transforma la soledad del creador en un acto compartido.
Finalmente, el aclamado actor concluyó su reflexión destacando la energía vibrante del teatro como arte colectivo: "Pero para eso por ahí tuvieron que estar mucho tiempo encerrados en soledad, masticando sus palabras, mojando sus pinceles, el teatro por ejemplo es un arte colectivo, es grupal, entonces te da una energía, que la energía es estar con el otro, no cuando estás solo, bueno, tenés que tener mucha voluntad para seguir, en cambio estás con otro, se cae uno, se levanta el otro, uno le da fuerza al otro y así se generan las cosas". Esta poderosa imagen encapsula la esencia de la interdependencia humana, la fuerza que emana de la colaboración y el apoyo mutuo, tanto en el escenario como en la vida misma.
"Un hombre solo es demasiado para un hombre solo" es, en definitiva, mucho más que una obra de teatro. Es un espejo que nos confronta con nuestras propias vulnerabilidades y esperanzas, una invitación a abrazar la vida en todas sus etapas y a reconocer que el amor, la reinvención y la conexión con el otro son posibles, siempre, sin importar la edad. La conmovedora actuación de Gustavo Garzón, unida a la profundidad de un texto que surge de la propia experiencia y reflexión, convierte a esta obra en una cita ineludible para todo aquel que busca en el arte un eco de su propia existencia.
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