Por Agustín Ochoa Ortega. En una noche impregnada de recuerdos y del mejor rock nacional, Claudio Gabis, figura fundacional e indiscutible del rock argentino, conquistó el escenario del emblemático Auditorio Municipal Fauré de Piñeiro frente a una audiencia entregada. El concierto fue un recorrido vibrante por los clásicos inmortales de "Manal" y una muestra de su fecunda etapa solista.
En una entrevista exclusiva concedida a "A SUBIRSE A LAS TABLAS", Claudio Gabis compartió su agradecimiento por la calurosa acogida del público de Avellaneda. "Mucho cariño, mucho orgullo, estoy teniendo realmente la suerte de hacer una gira muy gratificante, en la cual estoy comprobando que lo que hicimos hace más de medio siglo está todavía vivo, y que todavía tenemos un mensaje para entregar a la gente y que la gente se entretiene, se divierte, le gusta lo que hacemos, lo que tocamos, y entiende las canciones", expresó el "padre del movimiento del rock nacional", visiblemente emocionado.
Gabis desgranó el repertorio cuidadosamente seleccionado para la ocasión: "Eso es una cosa increíble, canciones de Manal, canciones mías, historias de hace tanto tiempo, yo creo que todavía tenemos cosas por decir y cosas por hacer, así que, para mí, lo que yo me llevo es vitalidad, ganas de seguir haciendo cosas". La noche fue una clara demostración de la vigencia y el impacto perdurable de la música de Claudio Gabis, reafirmando su lugar como un pilar fundamental del rock argentino. El público de Avellaneda fue testigo privilegiado de un encuentro inolvidable con la historia viva del rock.
Si bien hace 36 años que vivís en España, ¿se podría decir que el patriotismo y el amor hacia la patria es lo que te motiva a seguir viniendo a la Argentina?
C.G: Sin ninguna duda. Es algo, yo creo que es superior al patriotismo, lo llamo un amor telúrico, es el amor a la tierra, esta es mi tierra, no es solo un simbolismo, no es solamente una cosa de documentación y de pertenencia oficial a un lugar, es algo de sentir que es mi tierra, que es mi lugar, que son mis paisajes, que es mi gente, es algo que es muy difícil de explicar, yo no extraño, cuando estoy en España no extraño estar aquí, pero cuando vengo, vuelvo a enamorarme, vuelvo a sentirme conectado y vuelvo a, bueno, a vincularme con el lugar donde nací y donde vi por primera vez la luz del sol, es muy fuerte, muy lindo.
Mencionaste en el escenario que el 12 de noviembre de 1968 se dio el inicio al movimiento del rock argentino, ¿se buscó o fue algo espontáneo?
C.G: Se buscó. Por supuesto que esa es mi opinión la del 12 de noviembre que está basada en el hecho concreto de que hasta ese momento lo que hoy llamamos rock no tenía lugar en salas, en teatros. Era para bailar y de repente se convirtió en una música para escuchar y empezamos a actuar en teatros, empezamos a tener un vínculo con el público y una difusión que no era sencillamente el hecho de hacer bailar o entretener, sino de transmitir un mensaje estético, un mensaje ideológico, por eso yo lo sitúo por lo menos en lo que a mí respecta como el inicio del movimiento del rock en la Argentina, existían antes los gatos, por ejemplo, que sin duda fueron un pilar fundamental, pero lo que es el puntapié final, el empujón final que dio motor al movimiento del rock fue el estreno del Manal.
¿En qué momento se dieron cuenta de que ese movimiento del rock argentino ya estaba haciendo furor en el país?
C.G: Muy rápidamente, porque empezamos el 12 de noviembre del 68, después prácticamente hubo una interrupción con unos intentos de actuar en Mar del Plata que fueron efímeros y hacia abril, mayo, se inició una serie de conciertos en un teatro pequeño del centro de Buenos Aires, San Martín y Córdoba, que se llama El Pairó con una capacidad para 100,120 localidades. Empezó Manal, después siguió Almendra, siguió Vox Dei, siguió Morris, todo dentro de un marco que, bueno, primero eran ciento y pico de personas, después empezaron a quedar algunas afuera y a los cinco o seis meses sucedía el Festival Pin Up, que eran 5.000, 6.000, 7.000, 8.000 personas. Yo creo que el día del Festival Pin Up nos dimos cuenta, llamo en plural porque no solamente cuajo Manal, sino todo el concepto del movimiento en sí, porque el público estaba, yo creo que estaba en el aire, son esas cosas, esos fenómenos mágicos, difíciles de explicar, que suceden globalmente y que de repente llegan por el aire, no se sabe cómo, y ya te digo, en un plazo que no superó los seis, siete meses, el movimiento estaba realmente ya pegando.
Según tu visión, ¿cuál es el himno de Manal?
C.G: Creo que es el jugo de tomate frío, se ha convertido en eso y lo importante es lo que yo hablaba durante el concierto, ha cobrado la letra genial, es una crítica durísima, escrita por Javier Martínez sobre cómo un hombre se debe comportar para convertirse en un triunfador, cómo te podría decir, mediocre. Sin embargo, esas estrofas han dado lugar, gracias al Eternauta y a la manera que fue utilizada en el Eternauta, a una valoración del estribillo que es el jugo de tomate frío, o sea, sangre fría en las venas deberás tener, como una proclamación, un manifiesto de resistencia y de pelear contra las cosas que están haciéndonos mal, que están haciéndonos daño, que pueden venir de cualquier lado.
Avellaneda Blues, ¿cómo nace?
C.G: Nace de un paseo mío, aquí muy cerquita, junto con Luis Gamolini, un baterista que tocaba conmigo, en una noche que debía ser el fin del verano del 68, comienzo del otoño, que después de ensayar con Manal, me encontré con él frente al Parque Rivadavia y le pedí que me acompañara a hacer una excursión por Avellaneda. Yo ya estaba enamorado de Avellaneda y venía a Avellaneda siempre, desde chico lo obligaba a mi viejo a traerme en coche y a llevarme a lugares insólitos, Kilo 5, Kilo 4, las vías de Piñeiro, las estaciones, el Dock Sud, Rivera Sur, que era una estación al lado del frigorífico, no la negra, creo que era el Swift más abajo, y bueno, nos vinimos, caminamos desde las barreras de Rivadavia, tomamos por las vías, caminamos, cruzamos el puente de Pavón, después cruzamos el puente sobre las vías del Roca, bajamos al lado de lo que era la estación Bullrich, seguimos caminando por las vías hasta Crucecita. Ahí, ya eran las once, once y media, doce de la noche, Gamolini me dijo, yo me vuelvo. El peligro en aquel momento eran sobre todo los perros, no había tanto peligro de inseguridad, y bueno, se bajó, yo me bajé también del terraplén, del puente, tomamos un colectivo y volvimos a Caballito.
Yo, ipso facto en mi casa, hice una armonía con unos acordes que hoy me sorprendo de los acordes que utilicé y cómo los utilicé, y hice un bosquejo absolutamente raquítico de la letra, lo único que puedo decir es que sí, lo empecé con vía muerta. Unos días después, bueno, y con ese bosquejo, unos días después en una fiesta, en 40 minutos, Javier Martínez escribió esa poesía extraordinaria, basada en dos o tres cosas, al principio en lo que yo había escrito, y después creó imágenes como esas, las lágrimas de, la grúa, su lágrima de carga, todas esas imágenes extraordinarias, tan poéticas, porque era un gran poeta, y porque además veía a Avellaneda igual que yo.
Hace unos días fuiste declarado "Personalidad destacada de la Cultura" por la Legislatura Porteña, ¿está distinción viene a cerrar una etapa en tu carrera artística?
C.G: Sí, viene a coronar una carrera mía en la cual siempre he tratado de priorizar una palabra muy importante que es la ética y el respeto por mí mismo, y por lo que me gusta, siempre hice artísticamente lo que me interesaba, y también lo hice enseñando. Estoy muy contento de tener este reconocimiento, porque además siento que es merecido, que no he sido falluto, y que bueno, eso tiene que ser premiado.
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